Comentario laico en Semana Santa
Por Luis Sagüés Garay
La inmensa influencia mundial que ha tenido el cristianismo en el planeta, especialmente en Europa, el medio oriente y América, merecen hacer una modesta reflexión, cuando nos disponemos a conmemorar la culminación del proceso que Jesús, sufrió en la epopeya del Gólgota.
Jesús, Dios hecho hombre, se tiene que enfrentar al suplicio más tremendo que se conoce la historia. Los antiguos testamentos, describían un episodio, en que un ser humano engendrado por Dios, viene a liberar a los hombres del pecado y a ofrecerles, la redención con su sacrificio en la cruz. Todo lo cual se realiza en un sector del medio oriente, Palestina. Territorio en aquel entonces controlado por el Imperio Romano. Jesús nacido en una humilde familia judía, viene a ofrecer la vida eterna, a los que crean en él. Su mensaje es, eminentemente moral. Pero para mecer este don infinito, hay que cumplir los mandamientos, que habían sido entregados por Jehová a Abraham, en el monte Sinaí. ¿Qué hay que hacer para recibir este glorioso regalo? le preguntan a Jesús, este responde: muy sencillo, cumplir lo que Jehová entrego a Moisés.
Pero la redención de los pecados necesita un compromiso de vida, que los habitantes de la tierra, de aquel tiempo, debían cumplir. El mundo de entonces como el de hoy, se ha marginado de una vida limpia. El hombre siguiendo su naturaleza, privilegia sus intereses personales a los comunes. Y a menudo perjudicamos conscientemente a nuestros semejantes. Lo cual contradice la ley de Dios.
El Mesías en breve tiempo, trata de corregir el comportamiento humano y enseña a los hombres de esa época como deben actuar para merecer la vida eterna. Esto no se opone a las exigencias políticas económicas, que le impone el Imperio Romano, a los habitantes de esos países -entre los cuales– estaban los judíos. Estos –varios de ellos- industriosos y prósperos, sentían como una carga insoportable los tributos que había que pagar al Imperio. Y veían en Jesús a un predicador más, que no los liberaba de las exigencias impuestas por Roma. Estos habían visto inicialmente al Mesías, como el libertador de la opresión romana. Ante la tremenda frustración de sus deseos, optaron por entregar a Jesús, acusándolo de contradecir las leyes del imperio, mostrándose como un conspirador enemigo de la autoridad romana. Argumento que se desvirtuaba con la sencilla frase de “dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Existía en el mensaje de Jesús, absoluta prescindencia política.
Curiosamente esto, lo comprendió perfectamente, el gobernados romano en Jerusalén, quien advirtió, que los judíos de aquel entonces, querían condenar al Mesías por no responder a sus deseos.
Pilatos máxima autoridad romana, se transformó por la razón, en defensor de Jesús, e hizo lo posible por evitar el calvario a un hombre inocente. Ofreció a los judíos -utilizando las costumbres de la época- elegir entre dos condenados, un malvado y perverso delincuente, llamado Barrabás, y a un inocente y virtuoso predicador, que había demostrado con milagros evidentes, que era un hombre bueno, bondadoso y justo, Jesús el nazareno. Parecía que la elección, no tendría opción de equidad. No obstante, esto, la multitud judía, ratificó la condena de Jesús. Ante esta evidente injusticia, Pilatos sin alternativa, “se lavó las manos”. Tratando de esta manera limpiar su alma. Pesar, que, según la leyenda histórica, lo persiguió durante toda su vida.

