Por Luis Sagüés Garay
En mis sueños de niño y adolescente, está el recuerdo bello, de las navidades ocurridas en el campo de mis abuelos. Ubicado en el corazón del valle del Puangue. Allí nos encontrábamos los infantes del campo y durante los 9 días antes de la pascua, rezábamos la novena del niño Dios. Todo comenzaba cuando solicitábamos a mi tío, administrador del predio, una pequeña pero acogedora bodega, para hacer un modesto pesebre. En ella nos juntábamos diariamente en las tardes, a orarle al infante que venía a redimirnos de las travesuras o maldades que habíamos hecho. Aun recuerdo el libreto de esta invocación.
Gloria al niño Dios, que ha nacido ya.
Ven a nuestras almas o Rey celestial.
Un rústico techo abrigo le da.
Por cuna un pesebre, en cama de paja
recostado está.
Gloria al niño Dios que ha nacido ya.
Ven a nuestras almas o Rey Celestial.
Con esta especie de letanía, los participantes de este encuentro, sin saberlo íbamos comprometiendo esta tendencia natural del ser humano, a una divinidad que abriga al hombre toda su vida.
La religión un acto de fe, que no tiene completa explicación racional, es una poderosa fuente de energía que moviliza a multitudes.
El encuentro en el humilde recinto de una modesta bodega campesina, nos llenaba de esperanza y regocijo interior.
Posteriormente a esto, jugábamos todos, hasta que la tarde estival caía sobre el, campo puanguino.
Los años han pasado y en cada navidad, recuerdo estos momentos de felicidad infantil.
Gloria al niño Dios que ha nacido ya.
Ven a nuestras almas o Rey Celestial.