Por Luis Sagüés Garay

El próximo lunes 14 de Julio, conmemoramos uno de los episodios más importantes de la historia moderna, lleno de exageradas virtudes, que ocultan las tragedias y horrores que en ella se cometieron. La toma de la Vastilla, fue el inicio de la Revolución Francesa, suceso que produjo una inmensa influencia en los acontecimientos posteriores. Se postula como uno de sus efectos positivos, “la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”. No obstante 277 años antes, se habían promulgado por Fernando el Católico de Aragón, marido de Isabel la Católica de Castilla, las leyes de Burgos, que reconocía esos mismos derechos y quizá mucho más aplicables, a los nativos de las nuevas tierras conquistadas por España en América. Esta convulsión, -verdadero estallido social- producido en Francia por el Tercer Estado, derrocó la dinastía borbónica de Luis XVl.

Con un costo tremendo de vidas, en las condiciones más inhumanas posibles imaginables. Fueron guillotinadas al menos 10.000 personas, de las 350 mil, que cobró este trágico proceso. Sin embargo, no produjo, más beneficios que las leyes católicas mencionadas. Sin que estas últimas significaran, ningún sacrificio ni remotamente parecidos a los de la revolución comentada. Al volver la vista atrás, se observa que el resultado de este gran movimiento político, social y económico, tiene un muy pobre efecto. El Terror, uno de los momentos más emblemáticos de la revolución, es considerado de una inhumanidad indescriptible. La muerte, en una tortura sanguinaria, que padeció la familia real, es tremenda, los niños hijos de los reyes destronados, sufrieron vejámenes increíbles que terminaron con una muerte, despiadada. Una parte importante de los conductores de este fenómeno revolucionario, pagaron su audacia en la guillotina. Robespierre el líder incorruptible, fue sacrificado en este siniestro aparato. En aras de un mejoramiento simbólico de los derechos humanos, se sacrificó inútilmente a gran cantidad de personas. Muchas de las cuales absolutamente inocentes, de los cargos que se le imputaban. El lema de igualdad, libertad y fraternidad, solo resultó ser un slogan, para la publicidad del fenómeno. Francia heredó de este estallido, un sistema político mucho más represivo, que la monarquía borbónica. El imperio Napoleónico, que sumió a Francia y Europa en una sucesión de guerras, que mató a millones de personas, terminó Instaurando una dinastía, que solo distaba de la anterior, en que los integrantes de su nobleza, eran más vulgares y ordinarios que sus antecesores. Setenta y un años después, las novelas de Víctor Hugo, no advierten ni mayor libertad, ni igualdad ni fraternidad. Si, una profunda miseria una injusticia indigna y notable indolencia.

Quizá lo más benemérito de este proceso, es que nos enseña, que todos estos intentos de solucionar los problemas que nos acogen, no se resuelven con violencia ni fanatismos. La enseñanza empírica y razonada, es el camino cierto para el logro de los objetivos deseados.

Fuente fotográfica: https://blog.setdart.com/el-estilo-imperio-arte-poder-y-bronce-bajo-el-reinado-de-napoleon/