Por Alejandro Miqueles
A fines de los años 50 —para ser más específicos, en 1955—, un niño austriaco de nueve años llegó a Chile. Su nombre era Peter Mociulski von Remenyk. Tras estudiar en el Liceo Victorino Lastarria, en 1958 decidió entregarse por completo a la música bajo un seudónimo que haría historia: Peter Rock.
Con el inicio de los años 60, la música chilena comenzaba a forjar una nueva identidad. Podríamos llamarlo el nacimiento del pop en Chile; un fenómeno masivo que llenó el aire de sonidos frescos, aunque, siendo honestos, al principio de originalidad tenía bien poco. La Nueva Ola chilena fue una tremenda maquinaria comercial que generó todo un ecosistema a su alrededor.
Fue un movimiento vibrante, marcado por nombres que hoy son leyendas: Los Ramblers, Los Blue Splendor, Cecilia, Fresia Soto, Pat Henry, Larry Wilson, Los Red Juniors, Danny Chilean, Óscar Arriagada, Patricio Renán, Luz Eliana y tantos otros. Fue un periodo de vida relativamente corto, pero determinante en la forma en que los jóvenes de la época empezaron a vestir, a actuar y a mirar la vida.
La mayoría de sus grandes éxitos eran, en realidad, covers traducidos al español de canciones inglesas, norteamericanas, francesas e italianas.
Un ejemplo perfecto para hacer sonar en la rockola es "Baño de mar a medianoche" (1964), interpretada por Cecilia. La versión original pertenece al italiano Domenico Modugno ("Bagno di mare a mezzanotte"), pero fue la arrolladora calidad interpretativa de la tomecina la que transformó esa canción en un mito y le otorgó el eterno seudónimo de "La Incomparable".
Ejemplos como este abundan, pero hoy nos quedamos con el lado romántico y entrañable de esa época. Muchos de los que hoy leemos y escribimos estas líneas ni siquiera habíamos nacido en los 60. Sin embargo, esta música nos pertenece porque la heredamos de forma casi inconsciente: escuchando la radio junto a nuestra madre en la cocina, o persiguiendo la melodía que salía de algún rincón de la casa.
La Nueva Ola no solo fue un fenómeno social en un Chile que a veces se sentía gris; también sacó la música del living de los padres y la metió directamente en las piezas de los jóvenes, en las plazas y en las esquinas. Allí, cualquier aparato a tubos servía para sintonizar un rock and roll, un twist o una balada romántica.
Eran muchachos cuyas carreras partían en concursos radiales y que luego saltaban a la fama de la mano de productores visionarios como Camilo Fernández, o de locutores y hombres de radio que se volvieron clave en el dial AM, como Raúl Matas, Ricardo García o un joven Sergio "Pirincho" Cárcamo.
Aquel edén juvenil duró poco, pero dejó una huella imborrable respaldada por revistas icónicas como Ritmo, Rincón Juvenil o Cine Amor. Fue la era que vio nacer el sonido estereofónico en el país de la mano del sello RCA Víctor, la que repletó los domingos por la tarde el Teatro Caupolicán, y la que trajo a Chile a estrellas internacionales como Bill Haley y sus Cometas o Neil Sedaka. Fue también la época en que nació el Festival de Viña del Mar, el mismo escenario donde, cinco años más tarde, Cecilia se coronaría ganadora con "Como una ola".
Todos estos hitos hacen que la Nueva Ola sea muchísimo más que un simple recuerdo en blanco y negro. Es parte de nuestra memoria colectiva. No importa la edad que tengamos: siempre, tarde o temprano, alguna de estas canciones se activa en nuestro inconsciente, dándonos el impulso para subirnos al escenario de un karaoke y cantarla a todo pulmón.