Detrás de las políticas públicas, los operativos territoriales y las cifras que suelen presentarse en informes municipales, hay un trabajo silencioso, persistente y profundamente territorial. En Curacaví, ese trabajo tiene nombre: Paula Muñoz, encargada de Medio Ambiente de la Municipalidad, quien ha asumido el desafío de gestionar un territorio tensionado por la escasez hídrica, la presión sobre los ecosistemas y el crecimiento de nuevas actividades productivas.

“Nuestra labor no es solo técnica, es profundamente humana. Se trata de entender el territorio y a su gente, y de sembrar conciencia en cada vecino”, señala Muñoz, quien recientemente conversó con medios locales, destacando que el trabajo ambiental no tiene horario fijo y exige una conexión constante con lo que ocurre en el valle.

Su rol va mucho más allá de la planificación. En la práctica, implica recorrer cerros, levantar información en terreno, coordinar con múltiples instituciones y responder a situaciones emergentes. Un ejemplo de ello fue la detección de intervenciones no autorizadas en el sector Carén, dentro del Sitio Prioritario El Roble, donde el municipio activó denuncias ante organismos como CONAF, SMA y DGA tras constatar afectaciones a suelos, biodiversidad y cabeceras de cuenca.

Este tipo de acciones no solo requieren conocimiento técnico, sino también criterio y convicción. “Cuando uno está en terreno y ve el impacto real sobre el agua, el suelo o los animales, entiende que las decisiones no pueden esperar”, explica.

En paralelo, el municipio ha impulsado una serie de iniciativas que buscan cambiar la relación de la comunidad con su entorno. Desde programas de reciclaje que han ampliado su cobertura en la comuna, hasta actividades de educación ambiental en colegios y ferias comunitarias, el enfoque ha sido claro: avanzar hacia una cultura ambiental que nazca desde el territorio.

Uno de los ejes clave de este trabajo ha sido la implementación del Plan de Acción Comunal de Cambio Climático, instrumento que permite ordenar las acciones y proyectar una comuna más resiliente. Sin embargo, Muñoz advierte que los instrumentos por sí solos no son suficientes: “Podemos tener los mejores planes, pero si no logramos que las personas se conecten con su entorno, el cambio no ocurre”.

Curacaví, con su carácter rural, su biodiversidad y su fragilidad hídrica, presenta desafíos particulares. La presencia de especies como el puma, el cóndor o el roble de Santiago no solo representa un valor ecológico, sino también una señal del estado del ecosistema. Su conservación, explica Muñoz, está directamente ligada a la calidad de vida de la comunidad.

En ese sentido, el trabajo ambiental se transforma también en una labor educativa y cultural. “No se trata solo de proteger la naturaleza como algo externo, sino de entender que somos parte de ella”, afirma.

Mirando hacia adelante, el desafío es consolidar una gestión ambiental que logre equilibrar desarrollo y conservación, anticipándose a los conflictos y fortaleciendo la participación ciudadana. Para Muñoz, el objetivo es claro: construir una comuna donde las decisiones se tomen con conciencia territorial y donde cada acción aporte, aunque sea en pequeña escala, a cuidar el valle que todos comparten y por supuesto sus futuras generaciones.

Aprender a vivir en armonía con la naturaleza es un desafío de cada día que busca transmitir.