Por: Alejandro Miqueles

En estos días en que celebramos un año más de nuestra patria, el cielo se llena de volantines, el aire se cubre con el aroma a asado y por todos lados suenan tonadas, cuecas y diabladas. Es el momento perfecto para detenernos a escuchar el inmenso espectro sonoro que cubre a nuestro país. Septiembre no debería ser solo para los ritmos tradicionales; también es la oportunidad ideal para abrir la puerta, redescubrir nuestras raíces y ponerle oreja a todo lo que hemos construido como sociedad a través de la música.

Chile suena a folclore —con sus tonadas, cuecas, zamacuecas, valsecitos, payas y cantos nortinos—, pero también suena a pop, rock, cumbia, bolero, rock and roll, twist, balada, rap, hip hop y urbano. Limitar nuestra música al 10% obligatorio en las emisoras —una ley que, lamentablemente, pocas veces se respeta— es quedarnos muy cortos.

Muchas veces he escuchado la frase: "La música chilena es mala". No. La música nacional no es mala; es una música con identidad propia, con fuerza, con producciones de primer nivel y con letras cargadas de una historia que aún no cierra sus heridas.

De norte a sur, nuestra escena ha sido faro e inspiración para artistas internacionales. Tenemos a Myriam Hernández, Beto Cuevas y Mon Laferte cosechando premios Grammy; fuimos pioneros en los emblemáticos MTV Unplugged; fuimos el molde para bandas extranjeras que replicaron el sonido único de Los Ángeles Negros; y contamos con la gigante Violeta Parra, a quien la revista Rolling Stone le dedicó una portada histórica bajo el título "Ultra Violeta".

Nuestra historia musical es inmensa y diversa:

* Desde la maestría de Claudio Arrau hasta el romanticismo universal de Lucho Gatica.
* Desde la mística de Los Jaivas y la fuerza folclórica de Inti-Illimani, hasta la poesía testimonial de Víctor Jara y la acidez de Jorge González.
* Desde el rock con carácter de Los Tres, La Ley y Chancho en Piedra, hasta las voces contemporáneas de Demian Rodríguez o Gamuza.
Podría seguir nombrando artistas durante páginas enteras. Pero el fondo es uno solo: nuestra música no es mala, simplemente nos falta aprender a valorarla y a escucharla con detenimiento. Hacer ese ejercicio, especialmente en estas fechas, es el mejor camino para encontrarnos con nuestra propia identidad.