Por Luis Sagüés Garay

El dedal de oro un regalo de belleza espontánea y generosa de la naturaleza, para un paisaje tan discretamente falto de colorido como es nuestra  zona central,  comparado a la exuberante vegetación de las zonas tropicales, o incluso subtropicales,  donde la flora y la fauna  se desbordan de colorido espectacular. Chile por su condición climática -esperamos temporal - de una prolongada sequía, ha empobrecido aún más nuestro opaco escenario natural. Gran parte de la vegetación de los cerros que nos circundan se ha secado, los quillayes que adornaban profusamente nuestros lomajes, se ven en este momento seco y posiblemente sin recuperación. Pero hay una especie naturalizada que haciendo gala de una vitalidad prodigiosa, nos inunda la primavera, con su espectacular colorido, proyectando en el paisaje desde el amarillo anaranjado pálido, hasta un abismante y luminoso bermellón. Todo lo anterior sin que el ser humano,- que puede disfrutar gratuitamente esta natural belleza - haga nada para merecerla. Lo único que pide esta sencilla planta “el Dedal de Oro” (Eschscholzia califórnica) es que le permitan sobrevivir en este medio humanamente hostil. Esta especie introducida desde California, se ha naturalizado en nuestro país, inundando las bermas de caminos y autopistas, aprovechando sus ventajas competitivas frente a otras especies, que le permite desarrollarse en suelos muy pobres a menudo con abundante maicillo y arena, casi sin humedad. Su raíz profundizadora y penetrante llega a distancias en que aprovecha el agua remota. Pero las empresas que deben hacer la mantención de los caminos- contratadas por Vialidad- tienen la creencia inmodificable, que es una planta dañina, una perjudicial maleza que hay que eliminar.  Una leyenda negra tejida sobre una planta, que solo produce generosa belleza, optimismo exultante, y fuente de alegría, sin costo para el embelesado espectador.

Fotografía de Luis Sagüés Garay