Por Luis Sagüés Garay
Hemos ido dejando en el ingrato olvido, la figura del más grande héroe chileno, uno de los forjadores de nuestra patria, el chillanejo Bernardo O´Higgins Riquelme. Su apellido materno simboliza la prosapia de la estirpe de combatiente de este paladín de nuestra independencia, y la de América. La familia Riquelme había recibido en la naciente España el título nobiliario de ”Rico Yelmo” por su destacada acción en contra de la penetración musulmana. Denominación que devengó con el tiempo, uniéndose a los de la Barrera, en Riquelme.
Don Bernardo enarboló las banderas de la independencia, desde los primeros momentos que esta idea, comenzó a proliferar en nuestro territorio. Siempre evitando el encuentro entre las distintas facciones, con distintos intereses, que motivaron a muchos criollos en esta dura empresa.
Vistió gallardamente el uniforme de militar, cuando las circunstancias lo exigieron, pero él denunció reiteradamente que su vocación no era la milicia, era la de un sencillo agricultor. Ocupación que ejerció muy poco tiempo en Chile, luego que su padre el Virrey del Perú, le heredara su hacienda las Canteras en Los Ángeles. Posteriormente en este ámbito y a su llegada a Lima, después de su abdicación, dedicó en sus haciendas peruanas de Cuiba y Montalbán, a desarrollar una fructífera producción de azúcar, introduciendo a este hermano país -que lo acogió generosamente- modernos sistemas de refinación de este valioso producto agrícola.
El Libertados Simón Bolívar reconoció -en el brindis que hizo en su homenaje, la ciudad de Lima- que don Bernardo había sido “el buen genio de América” al traer al general San Martín con su ejército Libertador al Perú.
Su carácter piadoso lo hizo en los difíciles momentos de su partida al voluntario exilio incluir, entre sus familiares más cercanos: su madre, su hermana Rosa su hijo Pedro Demetrio a una indiecita mapuche que habían recogido, huérfana, en un enfrentamiento contra estos aborígenes.
La muerte lo sorprendió cuando realizaba sus últimos afanes en Lima y pronto a partir de nuevo a Chile. Su corazón posiblemente cansado de tantos esfuerzos patrióticos libertarios, dejó de latir un 24 de octubre de 1842, En Lima Perú. No pudo ver por última vez su suelo natal.
De sus 64 años de vida mortal, gran parte de ellos lo hizo fuera de su patria, por la cual dio, su existencia plena. Sus restos mortales envueltos en habito de franciscano -que él solicitó como último deseo- regresaron a Chile el 11 de enero de 1869.
Curiosamente en la nave que lo trajeron, también lo acompañó, otro chillanejo, un oficial de marina de 21 años, Arturo Prat Chacón.
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